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LA DEPRESIÓN DE UN PACIENTE HUNDIDO

Si la situación anímica por el hecho de llevar casi un mes de hospitales, la dejadez y desinformación de los equipos médicos y la desconfianza creada en su entorno, la cadena de errores que se iban sucediendo hicieron que mi padre cayera en una depresión que aumentaba con el paso de los días.

A todo esto se añadía que su hijo mayor contraería matrimonio el 27 de octubre, y la suspensión de la operación el viernes 28 obligaba a suspender una boda que llevaba un año preparándose. Sin duda y dentro de ese mundo interior en el que las circunstancias sufridas en Carlos Haya le hicieron encerrarse en sí mismo, él se sentía culpable de que su situación provocase que su hijo mayor tuviera que suspender su boda.

Aunque mi hermano le dijera que no pasaba nada, y que la boda se celebraría sólo cuando el estuviera recuperado, el sentimiento de culpa que creía tener por ello, fue el detonante que lo hundió en una depresión, que fue acabando con él antes que la propia patología que le envió a Carlos Haya.

Durante los ocho días que estimamos que debían pasar para retomar la embolización, la espera se hizo eterna, los médicos pasaban todas las mañanas sin decirle más que los buenos días, y lo eterno del momento le agrió el carácter, sin relacionarse apenas con su mujer, hijos, compañeros de habitación e incluso visitas que recibía. Sólo tenía palabras para maldecir su situación y la de su cárcel y carceleros, el Hospital Carlos Haya.


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