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ABANDONADO A SU SUERTE

Y pasaron los ocho días desde que se estimó que había que esperar para que el medicamento se eliminará por completo del organismo. A posteriori, nadie vino a dar ningún tipo de información. Ante la costumbre de dejadez y desinformación, tuvimos la osadía, de darles dos días de margen de confianza para ver si lo llevaban ya a quirófano, lo que sumaban diez desde la suspensión de la intervención. Pero nada de nada.

La situación se tornaba a insostenible y me ví obligado a despertar del letargo en el que nos habíamos acomodado. El día 8 de octubre y en vista de que ningún médico de los servicios responsables de atender a mi padre me hacían caso, baje a hablar con la subdirección del hospital. Y me atendió el doctor, Don Emilio Montenegro, Subdirector del centro.

Una vez me recibió, le comenté toda la situación que había rodeado lo sucedido con mi padre, y la pregunta final de mi argumentación fue que "por qué no se le había operado después de pasar los dichosos ocho días cuando la operación se suspendió por un fallo de los responsables médicos". La respuesta fue tan simple como fácil de formular: "tenemos muchas urgencias que atender y no se pueden dejar y las horas de quirófano para embolizar son limitadas".

Mi reacción fue algo contradictoria, porque lógicamente si hay casos urgentes, no quiero que sacrifiquen a nadie en mi beneficio, pero por otro lado, ¿qué culpa tiene mi padre de la mala gestión de los recursos del hospital? Y, ¿por qué tiene que ser él quién pague las consecuencias? ¿Es qué no ha sufrido lo bastante como para que surja otra excusa para putearlo aún más?

Cuando formulé éstas y otras preguntas, el doctor Montenegro me argumentó que es lo que había, y que mi padre no era considerado ni un caso grave, ni de riesgo ni prioritario. Ante la perplejidad con la que me quede ante tal respuesta le dije que mi padre estaba sumido en una profunda depresión provocada por una serie de errores médicos, que los médicos mostraban un total desinteres y que cada día que pasaba más se hundía por el desconcierto que había a su alrededor.

La respuesta del subdirector de un hospital del calibre de Carlos Haya fue la siguiente: "si su padre tiene depresión por estar aquí, que solicite el alta voluntaria y se marche a su casa, y ya se le llamará para su intervención". Al oir tan despótica respuesta se me cayó el mundo a los pies y salí de aquel despacho sopesando qué podía hacer que estuviera en mi mano.


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