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EL DESTINO NO AVISA

El mismo miércoles 10 de octubre, alrededor de las 15.15 recibo una llamada al móvil; era el Dr. Montenegro. Me dijo que se había cancelado una intervención de las declaradas urgentes (por motivos que desconozco) y que la embolización de mi padre ya tenía fecha: 17 de octubre, justo una semana después.

Le trasladé la noticia a mi padre, al que la incertidumbre de no saber nada se lo había comido, creyendo yo que al haber una fecha concreta por fin ya podía estar tranquilo, aunque hubiese una semana de por medio. El pesimismo se había adueñado de él y ante mi moderada alegria por saber que ya había una fecha confirmada su reacción fue: "Sí ya, eso estará por ver. Llevan todos los días diciendo que cuando halla un hueco me cogerán..."

El viernes 12 de octubre me quedé con mi padre para que mi madre, descansara al menos una noche en casa, porque no había manera de separarla de allí ni un sólo momento. Supongo que es esa fuerza especial que sólo las madres son capaces de tener en situaciones extremas. Así que mi hermano y yo hacíamos un fin de semana cada uno, además de ir algún día entre semana a estar con nuestros padres.

Ese fin de semana fue el último que compartí con mi padre "entero de pies a cabeza" pese al motivo que allí lo tenía ingresado. Aunque me costaba sacar un tema de conversación que durase más de cinco minutos hablé con él de fútbol, de trabajo, de como esta la vida, de uno y de otro, y hasta conseguí sacarlo de la habitación para que se paseara por los pasillos. Cuando el sábado 13 por la tarde llegó mi madre y yo me disponía a regresar a Estepona, me despedí de mi padre con el último beso que me pudo dar en vida. Jamás pude pensar que sería el último.


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