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CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Fraseando a Gabriel García Márquez, el título de una de sus obras puede servir para ilustrar el trágico final de mi padre. El sábado 3 de noviembre, alrededor de las 16.00 recibo una llamada de mi hermano, que se encargó de llevar a mi madre a Málaga ese día. Me dijo lo siguiente "Vente para el hospital, tranquilo y sin prisas, que es que Papá ha sufrido una crisis... No te pongas nervioso y no corras por la carretera".

A las 14.00 horas aproximadamente, mi padre había sufrido un derrame cerebral el cual tuvieron que intervenir de urgencia realizándole un drenaje. El tan temido derrame cerebral que podía sufrir a consecuencia de la patología que lo ingresó en Carlos Haya, la misma patología que no era ni grave ni prioritaria, hizo su aparición, para llevárselo.

A las 17.30 mientras aguardábamos en la sala de espera con el corazón encogido, la doctora de la U.C.I. nos comunica que el drenaje no ha surtido efecto y que las esperanzas de recuperar a mi padre eran escasas, nulas prácticamente. A las 19.00, una hora antes de las visitas en U.C.I. llaman a los familiares para comunicarnos que Alonso Valadez a falta de recibir dos pruebas por confirmar ha sufrido una muerte cerebral. Las dos pruebas no llegaron hasta la tarde del domingo 4, cuando llaman a mi móvil para que subamos a la U.C.I.. Allí, en un minúsculo despacho, nos comunican a los hijos, esposa y hermanos que las pruebas que se esperaban certificaban una muerte cerebral y que podíamos pasar a despedirnos ante él antes de ser desenchufado de la máquina que permitía darle los últimos suspiros a su corazón.

Prefiero reservarme y no contar lo que pasó allí dentro, en el momento de la despedida. Sólo el hecho de escribir estas últimas líneas hacen que mis palpitaciones se multipliquen y un cúmulo de sensaciones hagan que se me salten las lágrimas.


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